lunes, 14 de marzo de 2011

sin Mubarak...¿qué sigue?

Esta es la cuarta tentativa en algo menos de 100 años en la que Egipto trata de fabricarse un futuro. Las tres anteriores: la adopción del parlamentarismo liberal en los años veinte del siglo pasado; el socialismo árabe no alineado de Nasser de 1952 a 1970, y la apertura económica pronorteamericana de Sadat y Mubarak hasta la actualidad fracasaron en su pretensión de elevar el país al estatus de única gran potencia regional, y aún menos trajeron la democracia.

En 2011, las continuas protestas causaron una inmensa multitud en la plaza de Tahrir, en la que  jóvenes y mayores, de clase media y pobres de solemnidad, hombres y mujeres, cristianos y musulmanes, insistían en la salida del autócrata Mubarak antes de contemplar siquiera la posibilidad de una transición a la democracia más o menos negociada entre el régimen y la oposición, y tenían toda la razón del mundo.
A partir del momento en que el Ejército egipcio, la institución más prestigiosa del país y de la que han salido los presidentes Nasser, Sadat y Mubarak, se había negado a disparar contra las masas, afirmando incluso que comprendía y aprobaba sus motivaciones, la revolución democrática egipcia ya estaba en vías de ganar. Ahora acaba de conseguir su primer objetivo directo: la salida del autócrata. 

Un día antes de su dimisión, Mubarak aún insistía en quedarse, en aguantar hasta septiembre, en liderar en persona la transición. Finalmente, el 11 de febrero de 2011, después de intensas manifestaciones, el Vicepresidente, Omar Suleiman anuncia que Hosni Mubarak dimite y cede el poder al ejercito.

Acaba de triunfar la primera, y decisiva, fase de una revolución democrática. La humanidad no había vivido nada semejante desde la caída del Muro de Berlín y la disolución del imperio soviético. Es la historia en movimiento, es, en plena crisis económica, el regreso al primer plano de la política internacional de la lucha contra las dictaduras y por la democracia y los derechos humanos.

Sin embargo, la “revolucion está en suspenso”. Por una parte, nada garantiza que el ejército haya sufrido un acceso de fervor democrático. En unos meses se verá qué entiende por libertades y elecciones el Ejército egipcio. Y si de ellas surgiera un Estado genuinamente democrático estaríamos casi ante una refundación del mundo árabe; por otra, los pasos que se dan en El Cairo eran tan impensables hace unos meses como lo son hoy para la partida de quienes todavía aspiran al poder vitalicio. Los egipcios están llamados en dos semanas a pronunciarse en referéndum sobre una reforma constitucional que impedirá a sus presidentes ejercer más de dos mandatos de cuatro años. Seguirán elecciones parlamentarias y presidenciales, en un proceso que debe concluir en agosto. Un calendario político demasiado apresurado para un país sojuzgado, donde los partidos han estado silenciados en la práctica más de 30 años. Si Egipto está llamado a ser espejo para millones de árabes, la democracia que nazca debe hacerlo con una legitimidad inobjetable.

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